martes, 15 de mayo de 2007

Salvación y Condenación del Alma

Es necesario reconocer que la vida en este mundo no lo es todo, sino que existe tanto la salvación como también la condenación en la eternidad. En este breve artículo se estudiarán puntos esenciales respecto a este tema que es de importancia para todos.

El Apóstol Pablo dice que si tenemos en esta vida una esperanza que descansa en Cristo, pero nada más, sooms los más miserables de todos los hombres (1 Corintios 15:19). La idea es que, si esta esperanza que el creyente tiene en Cristo es una esperanza ilusoria, sin una perspectiva de realización en el futuro, el cristiano se encuentra en un estado lamentable al escoger una vida de sacrificio, privándose de los placeres de este mundo, y si no hay placeres en las tinieblas en que ha de entrar, se ha equivocado, pues ha escogido una vida que va a terminar en la propia destrucción. Si no tiene un hogar al cual ir, un Dios que le dé la bienvenida, un Rey que le diga: "Bien hecho, cambia la mortalidad por la vida," se encuentra en una situación verdaderamente deplorable. Pero la realidad no es así, pues la esperanza del cristiano atraviesa el velo hasta la misma presencia de Dios, y perdura por toda la eternidad.

EL CRISTIANO NUNCA MUERE

Juan 8:51 dice: "De cierto, de cierto os digo, que el que guardare mi palabra, no verá muerte para siempre." Luego Juan 11:25-26 afirma: "Dícele Jesús: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?"

Lo que Cristo quiere dar a entender no es que el creyente no haya de pasar por la experiencia que llamamos muerte, sino que en realidad eso no es muerte, por lo menos en el sentido en que es muerte para el no creyente. Jesús ha quitado a la muerte su aguijón. El agudo contraste entre la muerte y la experiencia por la que pasa el creyente se presenta en 1 Tesalonicenses 4:13-14: "Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús." Jesús "murió," gustó de la amargura de la muerte; el creyente en Él "duerme", tal como se expresa en Juan 11:11: "Nuestro amigo Lázaro duerme." En estas palabras no hay base para la moderna doctrina del sueño del alma. Cristo no quiso decir que el alma está inconsciente entre el tiempo de la muerte y de la resurrección. Cuando los discípulos no entendieron este lenguaje figurado, Cristo les dijo claramente: "Lázaro ha muerto" (Juan 11:14). Lo que Cristo quiso decir fue que la muerte es algo así como lo que sucede cuando dormimos. ¿Qué es lo que sucede cuando dormimos? No es, por cierto, que cesa la corriente de vida, sino que continúa, y cuando despertamos nos sentimos mejor y más fuertes que antes. Pero se excluyen todas las escenas del mundo y del tiempo. Lo mismo acontece en el caso de la muerte del creyente. En la palabra "sueño" se encierran tres ideas: existencia continuada, porque aunque el cuerpo está inactivo, el alma sigue activa; reposo, porque se perdemos el contacto y nos olvidamos de las cosas del mundo; despertamiento, siempre que pensamos que al sueño le sigue el despertamiento.

EL CREYENTE VA A ESTAR CON CRISTO

2 Corintios 5:6 dice: "Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo, que entre tanto que estamos en el cuerpo, peregrinamos ausentes del Señor." Filipenses 1:23 afirma: "Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de ser desatado, y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor."

La experiencia (muerte-sueño) por la que pasa el creyente le presenta inmediatamente a la presencia de Cristo. Le lleva instantáneamente a su hogar con Cristo. En estas palabras no puede haber la menor insinuación de inconsciencia o sueño del alma. Parece deducirse de las palabras de Pablo en 2 Corintios 5:1-5 que el creyente recibe una especie de cuerpo espiritual durante el tiempo que está esperando la resurrección del cuerpo. Lo que Pablo desea no es estar en un estado incorpóreo, sino tener otro cuerpo que no está sujeto a la muerte. "Estar con Cristo," eso es lo que significa "muerte" para el creyente.

LOS IMPÍOS "MUEREN EN SUS PECADOS"

Juan 8:21,24 dice: "Y díjoles otra vez Jesús: Yo me voy, y me buscaréis, mas en vuestro pecado moriréis: a donde yo voy, vosotros no podéis venir. Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creyereis que yo soy, en vuestros pecados moriréis." Romanos 6:23 dice: "Porque la paga del pecado es muerte." Véase Apocalipsis 20:14-15; 21:8.

La "muerte" de que aquí se habla no significa cesación de la existencia, como vida eterna tampoco quiere decir principio de la existencia. Vida eterna no significa únicamente vivir para siempre, sino vivir para siempre en un estado de bienaventuranza. Vida eterna no siempre se refiere tanto a la cantidad cuanto a la calidad de la existencia. Lo mismo puede decirse de la muerte eterna. Es una calidad de la existencia, no cesación de ser. Aun en esta vida la muerte puede coexistir con la vida: "Pero la que vive en delicias, viviendo está muerta" (1 Timoteo 5:6; Efesios 2:1). El creyente recibe dos cosas: en la regeneración, vida eterna; en la resurrección, inmortalidad; pero en ambos casos ya tiene vida y existencia. Así sucede con el impío: la segunda muerte no significa para él cesación de la existencia, porque ya está muerto, aun en esta vida (1 Timoteo 5:6; Efesios 2:1; Juan 5:24, 25). Apocalipsis 21:8 describe lo que significa "muerte" en el sentido en que aquí se usa: "Mas a los temerosos e incrédulos... su parte será en el lago ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda."

LOS IMPÍOS NO SON ANIQUILADOS

Hablando del "castigo eterno" que caerá sobre los impíos, según se relata en 2 Tesalonicenses 1:9, el aniquilacionista diría que se refiere a los "resultados o consecuencias" de tal castigo, pero no al castigo mismo. Las Escrituras, sin embargo, afirman que el "castigo" mismo es eterno, y no las consecuencias.

Una exégesis sana no puede sostener la interpretación que los partidarios de la teoría de la aniquilación dan a estos pasajes. ¿Qué necesidad hay de una resurrección, si los impíos son aniquilados al tiempo de su muerte, o para qué han de resucitar de entre los muertos, si han de ser aniquilados inmediatamente para siempre? Además, no esiste lo que llaman castigo "inconsciente." A una cosa inconsciente no se la puede castigar. ¿Se podría castigar a una piedra o una casa? Sólo puede haber castigo donde hay conciencia por parte del que sufre.

CONCLUSIÓN

Negar que hay salvación o que hay condenación es negar que la Biblia es inspirada por Dios y a la vez sería negar a Jesucristo como el Hijo de Dios, pues Jesús enseño con toda claridad que la vida en este mundo no lo es todo, sino que posteriormente vendrá tanto la salvación como la condenación, dependiendo el caso particular y la relación con Dios de cada persona mientras estaba con vida (pues al morir ya no hay segundas oportunidades, según lo expresa Hebreos 9:27).

Es necesario que cada persona tome estos temas con la seriedad que merecen, pues esta vida es corta y al morir no habrá oportunidad de volver atrás.

El deseo de Dios es que todos los hombres sean salvos (1 Timoteo 2:4), pero Dios no obliga a nadie a tomar decisiones, sino que permite que el hombre por voluntad propia decida seguir a Dios y obedecer Sus estatutos, que están basados en el amor.

En conclusión, tanto la salvación como la condenación son una realidad y dependerá de cada persona el aceptar o rechazar a Jesucristo y Su ofrecimiento de vida eterna y perdón de pecados mediante el sacrificio en la cruz.

NOTA: Ignorar el llamado de Dios o ser indiferentes a Su Palabra sinónimo de rechazo deliverado a Jesucristo, y es causa suficiente para que una persona sea condenada por la eternidad. Arrepentirse con sinceridad, confesar a Dios los pecados y entregarle el corazón, el alma y la vida entera a Jesucristo es suficiente para recibir el perdón de Dios y la vida eterna mediante la gracia de Jesús y Su sacrificio por los pecadores.

BIBLIOGRAFÍA

Evans, W. (1974). Las grandes doctrinas de la Biblia. Grand Rapids, MI: Editorial Portavoz.

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Jaime Montoya
jaimemontoya@jaimemontoya.com
www.jaimemontoya.com